Cuando mis ojos se cerraron, descubrí cuan profunda podía llegar a ser la oscuridad. Sentía pesadez al andar y cuando respiré nuevamente, un camino largo se presentó ante mí, como una alfombra roja, elegante y fina, que doblaba en cada esquina iluminada por viejos faroles. Todo alrededor permanecía oscuro, solo cada tanto, se veían árboles que parecían tener una luz interior, que resaltaba todo ese hermoso color que poseían. No se escuchaba ni un ruido, aunque a veces podía escuchar el suave tintineo de campanas, pequeñas campanillas de mesa, que producen un sutil ruido para llamar a la hora de comer.
Seguí caminando... Y caminando... Y caminando. Esto se me hacía infinito. Parecía que hubiese estado deambulando durante horas y me parecía haber recorrido unos cuantos kilómetros, y ya estaba cansada de ver tanta monotonía, me senté en la base de un árbol...”-Tomaré una siesta, tal vez así logre descansar un poco-“.., Y caí profundamente dormida.
Al despertar, me encontraba en un lugar totalmente diferente... Lleno de luz y resplandor, muy cómoda sobre lo que se sentía como algodón, si, exacto, una nube. Deberán preguntarse... Qué hacia en una nube? Bueno, ni yo tenía idea. Miré hacia abajo y estaba cayendo. Traspasé la nube con mi cuerpo y caía... Sin ninguna contensión, solo caía entre las nubes de las cuales trataba de aferrarme, caía con el viento golpeando fuertemente mi cara, caía sola en ese cielo vacío. Cerrar de nuevo los ojos fue lo único que se me ocurrió, puse la mente en blanco y no me resistí. Sólo me dejé caer.
En el momento en que abrí los ojos, me encontré sentada en un sillón muy reconfortante, revestido de terciopelo azul y cuyas patas y respaldo estaban hechos de una madera naturalmente oscura. Posé mis manos sobre los bordes, sentí la madera y su peculiar aroma, toqué los almohadones y percibí la fantástica suavidad, todo tan dulce, al igual que el olor que impregnaba el aire... Las campanillas volvieron a sonar y una aguda voz llamó por algunos nombres a niños y niñas, que salieron haciendo un tremendo ruido por detrás del respaldo de la silla. - “Emily! Sarah! Billy! Tom!” A merendar!
Los niños planeaban hacer una travesura con mi cabello, cuando justo su madre los llamó. Me sentía muy extraña, como con un ligero peso sobre mi cabeza… lo único a lo que atiné en el momento, fue a tomar un espejo y mirar mi reflejo. Todo parecía normal, excepto por ese extraño sombrero verde que llevaba puesto. Tenía una especie de papel con números, al que no le preste atención. De repente, un conejo blanco pasó por mi lado, tenía ropa y un reloj, la curiosidad me abrumó, tuve que seguirlo. MALA IDEA.
Al llegar a su madriguera, con una entrada muy grande por cierto, saltó y no se escuchó otro ruido más. Vacilé al momento de meterme, pero lo hice y así fue como volví a caer en la trampa, o más bien, a CAER.


